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domingo, 22 de noviembre de 2009
AL OTRO LADO
Turista díscola de un circuito preestablecido, abandoné el confort de los hoteles jordanos para cruzar al otro lado,
el otro lado de qué? me pregunté.
No obtuve respuesta hasta mi vuelta.
Era una mañana calurosa, sin embargo contrariamente a lo que suponía no era asfixiante, más bien me resultaba agradable, tal vez fue así porque es noviembre.
Bordeando el Mar de Galilea, hoy Tiberius, dejé atrás las alturas del Golán, otro territorio ocupado…
tan poca tierra para tanta disputa, pensé
tan poca agua para tantas bocas
tan poco amor para tantos corazones
La tarde anterior había estado flotando cual corchito en las aguas del Mar Muerto, mi piel tirante de tanto sol y tanta sal. Recordé algo que me dijo un amigo antes de partir de Buenos Aires “che, será cierto que el Mar Muerto se está quedando sin agua porque Israel la está potabilizando?”. No, qué va – le dije – con lo salado que es ese mar no hay dios que lo logre!
sin embargo, hay dios para todo
Nunca entendí la lógica de los contrarios: blanco - negro, flaco – gordo, nuevo – viejo, justo – injusto, judío – no judío.
Por la carretera, y en taxi, crucé la frontera sin mayores inconvenientes ni demoras. Lo primero que vi fue unos sembrados y me sorprendí muchísimo, hubiera jurado que seguiría andando entre colinas arenosas y pastos secos, pero aquella línea fronteriza que acababa de cruzar marcó una diferencia en el paisaje. Me explicaron luego que estábamos rodeando un gran kibutz, por eso el verde, por eso las frutas, frutas de exportación que cotizan muy alto en el mercado europeo.
Dejamos atrás los frutales y todo volvió a amarronarse, el costado de la ruta, las colinas al fondo, el capó del taxi, el aire que nos envolvía.
Intenté mantener una tibia conversación, en un tibio inglés, con el tachero, sólo para disfrazar el incómodo silencio que se había instalado entre nosotros ni bien cruzamos la frontera. Nuestras bocas arenosas y un ensordecedor ruido que lo dominaba todo nos lo impidieron.
Los aviones de guerra bramaban como queriendo astillar el cielo, hilos de nubes desgajaban a su paso, ni sombra dejaban de lo rápido que volaban.
Es pura rutina, me alertaron
me alertaron
Nos acercamos a un poblado, un puñado de casas, entre viejas y derribadas, entre ruinas y pobrezas, abandonadas a la mano de dios.
Tres chicos corrieron al costado del auto para saludarnos… los chicos se parecen en cualquier lugar del mundo - me dije - sonríen a los visitantes, curiosos y algo tímidos, muestran sus dientitos de leche y sus ojos brillan. Los saludé con la mano y seguí viaje, curiosa y tímida.
Más pibes, un varoncito y una adolescente, llevando baldes con agua, caminaban despacio cuidando de no derramar gota
gota preciada del elixir de los tiempos
soplo de vida del santo grial.
uno de los baldes no tenía asas y el muchachito lo llevaba en brazos, dulcemente, como se lleva a un bebé.
Por la carretera venían en sentido contrario dos camiones militares atestados de soldados, vestidos con ropas holgadas del color de arena sucia, sobresalía por los costados de las lonas que cubrían a los camiones un desconcierto de botas y ametralladoras, de cascos y lentes oscuros, de manos enguantadas. Por un momento dudé si mis retinas me engañaban, lo que se acercaba a velocidad parecía más una manada de animales fantásticos que un grupo de seres humanos, mi taxista se asustó y clavó los frenos, por suerte, los militares nos ignoraron y siguieron su marcha.
Al poco rato, un puesto de control en la ruta, parada obligada para chequear documentos. Todo en regla, seguimos, no sin antes intentar responder a la pregunta del millón: “a qué se debe su viaje señora?”
Cómo explicarles que yo, turista argentina de cuarentitantos, sola, viajando en un taxi árabe ando por allí por pura curiosidad… porque quiero ver con mis ojos lo que los periódicos cuentan a medias… porque no puedo comprender el por qué
de tanto odio
de tantas muertes en vano (toda muerte lo es)
tanto dolor
tanta injusticia…
No vi dos ejércitos allí, vi sólo uno.
Dios, que todo lo puede, que todo lo ve,
no me dejará mentir.
amén
Turista díscola de un circuito preestablecido, abandoné el confort de los hoteles jordanos para cruzar al otro lado,
el otro lado de qué? me pregunté.
No obtuve respuesta hasta mi vuelta.
Era una mañana calurosa, sin embargo contrariamente a lo que suponía no era asfixiante, más bien me resultaba agradable, tal vez fue así porque es noviembre.
Bordeando el Mar de Galilea, hoy Tiberius, dejé atrás las alturas del Golán, otro territorio ocupado…
tan poca tierra para tanta disputa, pensé
tan poca agua para tantas bocas
tan poco amor para tantos corazones
La tarde anterior había estado flotando cual corchito en las aguas del Mar Muerto, mi piel tirante de tanto sol y tanta sal. Recordé algo que me dijo un amigo antes de partir de Buenos Aires “che, será cierto que el Mar Muerto se está quedando sin agua porque Israel la está potabilizando?”. No, qué va – le dije – con lo salado que es ese mar no hay dios que lo logre!
sin embargo, hay dios para todo
Nunca entendí la lógica de los contrarios: blanco - negro, flaco – gordo, nuevo – viejo, justo – injusto, judío – no judío.
Por la carretera, y en taxi, crucé la frontera sin mayores inconvenientes ni demoras. Lo primero que vi fue unos sembrados y me sorprendí muchísimo, hubiera jurado que seguiría andando entre colinas arenosas y pastos secos, pero aquella línea fronteriza que acababa de cruzar marcó una diferencia en el paisaje. Me explicaron luego que estábamos rodeando un gran kibutz, por eso el verde, por eso las frutas, frutas de exportación que cotizan muy alto en el mercado europeo.
Dejamos atrás los frutales y todo volvió a amarronarse, el costado de la ruta, las colinas al fondo, el capó del taxi, el aire que nos envolvía.
Intenté mantener una tibia conversación, en un tibio inglés, con el tachero, sólo para disfrazar el incómodo silencio que se había instalado entre nosotros ni bien cruzamos la frontera. Nuestras bocas arenosas y un ensordecedor ruido que lo dominaba todo nos lo impidieron.
Los aviones de guerra bramaban como queriendo astillar el cielo, hilos de nubes desgajaban a su paso, ni sombra dejaban de lo rápido que volaban.
Es pura rutina, me alertaron
me alertaron
Nos acercamos a un poblado, un puñado de casas, entre viejas y derribadas, entre ruinas y pobrezas, abandonadas a la mano de dios.
Tres chicos corrieron al costado del auto para saludarnos… los chicos se parecen en cualquier lugar del mundo - me dije - sonríen a los visitantes, curiosos y algo tímidos, muestran sus dientitos de leche y sus ojos brillan. Los saludé con la mano y seguí viaje, curiosa y tímida.
Más pibes, un varoncito y una adolescente, llevando baldes con agua, caminaban despacio cuidando de no derramar gota
gota preciada del elixir de los tiempos
soplo de vida del santo grial.
uno de los baldes no tenía asas y el muchachito lo llevaba en brazos, dulcemente, como se lleva a un bebé.
Por la carretera venían en sentido contrario dos camiones militares atestados de soldados, vestidos con ropas holgadas del color de arena sucia, sobresalía por los costados de las lonas que cubrían a los camiones un desconcierto de botas y ametralladoras, de cascos y lentes oscuros, de manos enguantadas. Por un momento dudé si mis retinas me engañaban, lo que se acercaba a velocidad parecía más una manada de animales fantásticos que un grupo de seres humanos, mi taxista se asustó y clavó los frenos, por suerte, los militares nos ignoraron y siguieron su marcha.
Al poco rato, un puesto de control en la ruta, parada obligada para chequear documentos. Todo en regla, seguimos, no sin antes intentar responder a la pregunta del millón: “a qué se debe su viaje señora?”
Cómo explicarles que yo, turista argentina de cuarentitantos, sola, viajando en un taxi árabe ando por allí por pura curiosidad… porque quiero ver con mis ojos lo que los periódicos cuentan a medias… porque no puedo comprender el por qué
de tanto odio
de tantas muertes en vano (toda muerte lo es)
tanto dolor
tanta injusticia…
No vi dos ejércitos allí, vi sólo uno.
Dios, que todo lo puede, que todo lo ve,
no me dejará mentir.
amén
domingo, 6 de septiembre de 2009
Querido
te ando extrañando mucho ultimamente,
te escribo dos por tres, eso sí, nunca envío los mails
y me pregunto, cuál es la frontera del ciberespacio?
la del recuerdo es inasible
como inasible es tu risa, ésa, ahogada por el asma,
una broma inteligente a flor de boca, un optimismo
difícil de acompañar,
la picardía en tu mirada…
querido, amigo, hoy te escribo
y me pregunto, vos, judío por nacimiento y agnóstico por convicción,
qué pediste antes de partir, tan ligero de ropas, qué? a quién?
te mando esta postal desde estas playas paradisíacas,
insomnio de viajeros
de Odiseos tesoneros
de Penélopes pacientes…
te besa,
tu amiga
te ando extrañando mucho ultimamente,
te escribo dos por tres, eso sí, nunca envío los mails
y me pregunto, cuál es la frontera del ciberespacio?
la del recuerdo es inasible
como inasible es tu risa, ésa, ahogada por el asma,
una broma inteligente a flor de boca, un optimismo
difícil de acompañar,
la picardía en tu mirada…
querido, amigo, hoy te escribo
y me pregunto, vos, judío por nacimiento y agnóstico por convicción,
qué pediste antes de partir, tan ligero de ropas, qué? a quién?
te mando esta postal desde estas playas paradisíacas,
insomnio de viajeros
de Odiseos tesoneros
de Penélopes pacientes…
te besa,
tu amiga
Ellas
Estaba oscuro, sin embargo no era de noche, ni de día.
Estaba tibio, con la tibieza sutil del contacto físico,
un eco lejano de río, de aguas claras,
me acunaba.
Abrí mi ojos y las ví, a éllas, naturalezas femeninas internándose en
la espesura, cual corrientes marinas en el centro de la tierra.
Pieles tersas, luminosas, entrelazadas en sueños antiguos.
Sonrisas del recuerdo. Miradas de encuentro.
Una a una, y todas a la vez, rememoraron aquel instante de
gestación prístino, aquel momento inmaculado,
cuando la oscuridad parió la luz,
cuando la singularidad se hizo plural.
Estaban allí, éllas
y yo.
Estaba oscuro, sin embargo no era de noche, ni de día.
Estaba tibio, con la tibieza sutil del contacto físico,
un eco lejano de río, de aguas claras,
me acunaba.
Abrí mi ojos y las ví, a éllas, naturalezas femeninas internándose en
la espesura, cual corrientes marinas en el centro de la tierra.
Pieles tersas, luminosas, entrelazadas en sueños antiguos.
Sonrisas del recuerdo. Miradas de encuentro.
Una a una, y todas a la vez, rememoraron aquel instante de
gestación prístino, aquel momento inmaculado,
cuando la oscuridad parió la luz,
cuando la singularidad se hizo plural.
Estaban allí, éllas
y yo.
domingo, 28 de junio de 2009
I MISS YOUR KISSES


Mi boca aislada de tu boca.
Barbijos que distancian bocas de virus, bocas de besos, de palabras.
Barbijos blancos con el no lenguaje de la paz.
Barbijos negros infectados de fundamentalismo islámico.
Temores pandémicos.
Virus porcino devenido en humano. Humanos recluídos.
Mi boca aislada de tu boca, de tus besos.
qué dijiste? no te oigo
palabra contaminada, minada de explosivos…
no pises ahí!
ya es tarde, se oyó el click… explosión
silencio
no hay testigos ni alaridos
sólo virus.
Al este y al oeste, por todos lados, de todo tipo,
pandemia de horrores.
Mi boca aislada de tu boca, de tus besos, de tus palabras.
Por siempre jamás, amén.
PLEGARIA DEL DESAMPARO
Mi boca aislada de tu boca.
Barbijos que distancian bocas de virus, bocas de besos, de palabras.
Barbijos blancos con el no lenguaje de la paz.
Barbijos negros infectados de fundamentalismo islámico.
Temores pandémicos.
Virus porcino devenido en humano. Humanos recluídos.
Mi boca aislada de tu boca, de tus besos.
qué dijiste? no te oigo
palabra contaminada, minada de explosivos…
no pises ahí!
ya es tarde, se oyó el click… explosión
silencio
no hay testigos ni alaridos
sólo virus.
Al este y al oeste, por todos lados, de todo tipo,
pandemia de horrores.
Mi boca aislada de tu boca, de tus besos, de tus palabras.
Por siempre jamás, amén.
miércoles, 13 de mayo de 2009
El paisa Evaristo – Historias de Patagonia
Cincuentón, con voz aflautada de tía solterona. Manos cuidadas, anillos con pedrería. Bombacha fashion con guarda tejida mapuche. Timbos de trekking, gastados pero cuidados. Camisa de bambula verde manzana y pañuelo al cuello. Casaca de telar al tono. Chambergo de paño verde. Todo una paquetería.
Nativo de Los Repollos, trece hermanos. Su abuela, nieta de cacique mapuche, crecida a orillas del Huapi. Su abuelo, extranjero, quedó prendado de la indiecita. Ellos, sus padres, él y sus trece hermanos, pioneros de Los Repollos.
Él es agente sanitario voluntario, todo un RRPP, tiene amigos aquí y allá, de Patagonia a los confines del mundo. Recibe regalos de todos ellos y los exhibe con orgullo, como su pañuelo de cuello de seda regalo de un tano de visita, o la piedra de unos de sus anillos, traída expresamente desde Firenze.
Acompañado por su sobrina, hija de la Berta (igualita a la madre) y recién llegada de la ciudad, más un paquete con comida en los brazos, subió al colectivo donde todos lo saludaron, rumbo a casa de amigos a festejar el Día de la Virgen. Luego irá, según cuenta, hasta el correo del pueblo a buscar una encomienda llegada de Austria, regalo de uno de esos tantos amigos viajeros que él cultiva.
Hablador, siempre atento, simpático, istriónico, gusta llamar la atención, pero por sobre todo, ser querido y festejado.
Cuenta que está preocupado por su yegua Rayito, a la que hay que curarle las manos. Sabe cuidar del campo, limpiar la maleza y disfrutar de la fresca sombra de los abedules.
Llegamos a la curva y allí se bajan, antes que el colectivo pegue la vuelta por el mallín, no sin antes saludar a todos, deseándoles un feliz día de la virgen madre.
Su sobrina lo sigue por la cuesta, y se pierden entre las retamas.
Cincuentón, con voz aflautada de tía solterona. Manos cuidadas, anillos con pedrería. Bombacha fashion con guarda tejida mapuche. Timbos de trekking, gastados pero cuidados. Camisa de bambula verde manzana y pañuelo al cuello. Casaca de telar al tono. Chambergo de paño verde. Todo una paquetería.
Nativo de Los Repollos, trece hermanos. Su abuela, nieta de cacique mapuche, crecida a orillas del Huapi. Su abuelo, extranjero, quedó prendado de la indiecita. Ellos, sus padres, él y sus trece hermanos, pioneros de Los Repollos.
Él es agente sanitario voluntario, todo un RRPP, tiene amigos aquí y allá, de Patagonia a los confines del mundo. Recibe regalos de todos ellos y los exhibe con orgullo, como su pañuelo de cuello de seda regalo de un tano de visita, o la piedra de unos de sus anillos, traída expresamente desde Firenze.
Acompañado por su sobrina, hija de la Berta (igualita a la madre) y recién llegada de la ciudad, más un paquete con comida en los brazos, subió al colectivo donde todos lo saludaron, rumbo a casa de amigos a festejar el Día de la Virgen. Luego irá, según cuenta, hasta el correo del pueblo a buscar una encomienda llegada de Austria, regalo de uno de esos tantos amigos viajeros que él cultiva.
Hablador, siempre atento, simpático, istriónico, gusta llamar la atención, pero por sobre todo, ser querido y festejado.
Cuenta que está preocupado por su yegua Rayito, a la que hay que curarle las manos. Sabe cuidar del campo, limpiar la maleza y disfrutar de la fresca sombra de los abedules.
Llegamos a la curva y allí se bajan, antes que el colectivo pegue la vuelta por el mallín, no sin antes saludar a todos, deseándoles un feliz día de la virgen madre.
Su sobrina lo sigue por la cuesta, y se pierden entre las retamas.
La muñeca que hablaba
La muñeca repetía
incansable sin sentido
“te quiero mucho te quiero mucho te quiero mucho”
tantas veces como tirara de la piola
a tal punto que llegaban a fundirse las palabras
confundiéndose sin más
“romuchote chotequie tequiecho”
era un sentimiento?
éso era amor?
trastornado incompleto tirado por hilos
se hizo balbuceante
hasta que dejó de oírse.
Al fin muda
silenciosa la muñeca
quedó olvidada en un rincón.
Viviana se llamaba.
La muñeca repetía
incansable sin sentido
“te quiero mucho te quiero mucho te quiero mucho”
tantas veces como tirara de la piola
a tal punto que llegaban a fundirse las palabras
confundiéndose sin más
“romuchote chotequie tequiecho”
era un sentimiento?
éso era amor?
trastornado incompleto tirado por hilos
se hizo balbuceante
hasta que dejó de oírse.
Al fin muda
silenciosa la muñeca
quedó olvidada en un rincón.
Viviana se llamaba.
martes, 14 de abril de 2009
Sobremesa
De rojo intenso las flores, tres,
sobre la mesa, marchitándose olvidadas al rayo del sol.
Mucho color hubo esa tarde en el cuarto. La mesa aún servida,
lechugas oxidadas, un patito de miga de pan ahogado entre huellas de tinto en el mantel y una servilleta azul
derramada en el suelo de baldosa fresca gris.
Jacinto se lame su pata trasera, mechones amarillos por todas partes, indicio estival. Amarillo como el sol
que irrumpe por el balcón, atraviesa los vidrios como si fueran cortinas de agua y llega hasta mi, rasguñando mi piel sin herirla, sólo entibiando mi pierna desnuda, de vello dorado,
mi pubis.
A la sombra,
él,
prefiere el bálsamo de los rincones, la quietud del atardecer con su horizonte melancólico que anuncia el fin del día. Cubre su rostro una bocanada azul de humo de tabaco negro,
huele sabroso.
Me sumerjo en la blanca luz de dorados vellos, reflejada en el fondo de la copa,
rojo marchito de flores olvidadas.
De rojo intenso las flores, tres,
sobre la mesa, marchitándose olvidadas al rayo del sol.
Mucho color hubo esa tarde en el cuarto. La mesa aún servida,
lechugas oxidadas, un patito de miga de pan ahogado entre huellas de tinto en el mantel y una servilleta azul
derramada en el suelo de baldosa fresca gris.
Jacinto se lame su pata trasera, mechones amarillos por todas partes, indicio estival. Amarillo como el sol
que irrumpe por el balcón, atraviesa los vidrios como si fueran cortinas de agua y llega hasta mi, rasguñando mi piel sin herirla, sólo entibiando mi pierna desnuda, de vello dorado,
mi pubis.
A la sombra,
él,
prefiere el bálsamo de los rincones, la quietud del atardecer con su horizonte melancólico que anuncia el fin del día. Cubre su rostro una bocanada azul de humo de tabaco negro,
huele sabroso.
Me sumerjo en la blanca luz de dorados vellos, reflejada en el fondo de la copa,
rojo marchito de flores olvidadas.
lunes, 6 de abril de 2009
COLORES DE UNA REVOLUCION ETERNA
Verde chillón es la banana aquí, y no porque le falte madurar,
es así nomás, y sabe bien rica.
Verdes selva, amarillo maíz y rosa puerco, matices del huerto.
Café negro como la noche y duro como pan viejo. Toneladas y toneladas de negrura que se exporta.
Pueblo pobre que mueve sus caderas al ritmo del son
y sonríe con grandes dientes blancos como el arroz frito con plátano verde, ron barato que baila en la cabeza y humo de cigarro que nubla la vista.
Pueblo de sonrisa ingenua, generosa,
del que todo tiene para dar
y nada por perder.
Cuba 2001 – 2009
martes, 24 de marzo de 2009
constant labyrismenLAS MATEMÁTICAS Y LA VIDA
24 puede ser un lindo número, más para aquéllos a los que les gustan los nº pares, para colmo, 2 + su duplo, lindo.
24 también es 2 docenas, si se trata de empanadas la 3ra va gratis.
24, las horas del día; su mitad, 12, los meses del año…
Y así, casi hasta el infinito, podríamos dar cifras, hacer comparaciones, y hasta dar excelsas (y complicadas) explicaciones de todo, al estilo de un cabalista consumado.
Ahora, si al 24 le agregamos “Marzo” ya tenemos otra cosa,
para muchos de nosotros será una clara alusión a una de las fechas más oscuras de nuestra historia reciente, ni más ni menos que el inicio de una larga y tenebrosa noche que durará casi 8 años, si bien fue anticipada algún tiempo atrás y siguió dando zarpazos largo rato después.
Aún más, si completamos con “1976”, 24 de Marzo de 1976,
ya no quedan dudas al respecto, podremos seguir hablando de números, pero las cifras ya no van de a docenas sino de a miles.
Decenas de miles fueron desaparecidos, torturados, privados de su libertad, arrancados de sus familias y de sus sueños, aniquilados.
Centenas de miles fueron despedidos de sus trabajos, de sus escuelas, perdieron sus viviendas, comenzaron a ver el futuro como algo más que lejano, incierto. Incluso muchos de estos miles dejaron de ser felices.
Millones de miles de pesos fueron “extraviados” en el exterior, o en el interior de cuentas bancarias testaferras.
Sin embargo, hoy un nº me da vueltas en la cabeza, 97.
97 son los nietos recuperados a la fecha, 97 niños, hoy mujeres y hombres, que han recuperado su identidad, que ya saben cabalmente quiénes son, 97 mujeres y hombres que integran una larga lista que aún falta completar,
97 sonrisas, multiplicadas en los rostros de familiares y amigos, de ayer, de hoy y siempre.
97, no es nº par ni sencillo para multiplicar, pero a mí me gusta, mucho,
me da fuerzas para seguir sumando fuerzas.
24 puede ser un lindo número, más para aquéllos a los que les gustan los nº pares, para colmo, 2 + su duplo, lindo.
24 también es 2 docenas, si se trata de empanadas la 3ra va gratis.
24, las horas del día; su mitad, 12, los meses del año…
Y así, casi hasta el infinito, podríamos dar cifras, hacer comparaciones, y hasta dar excelsas (y complicadas) explicaciones de todo, al estilo de un cabalista consumado.
Ahora, si al 24 le agregamos “Marzo” ya tenemos otra cosa,
para muchos de nosotros será una clara alusión a una de las fechas más oscuras de nuestra historia reciente, ni más ni menos que el inicio de una larga y tenebrosa noche que durará casi 8 años, si bien fue anticipada algún tiempo atrás y siguió dando zarpazos largo rato después.
Aún más, si completamos con “1976”, 24 de Marzo de 1976,
ya no quedan dudas al respecto, podremos seguir hablando de números, pero las cifras ya no van de a docenas sino de a miles.
Decenas de miles fueron desaparecidos, torturados, privados de su libertad, arrancados de sus familias y de sus sueños, aniquilados.
Centenas de miles fueron despedidos de sus trabajos, de sus escuelas, perdieron sus viviendas, comenzaron a ver el futuro como algo más que lejano, incierto. Incluso muchos de estos miles dejaron de ser felices.
Millones de miles de pesos fueron “extraviados” en el exterior, o en el interior de cuentas bancarias testaferras.
Sin embargo, hoy un nº me da vueltas en la cabeza, 97.
97 son los nietos recuperados a la fecha, 97 niños, hoy mujeres y hombres, que han recuperado su identidad, que ya saben cabalmente quiénes son, 97 mujeres y hombres que integran una larga lista que aún falta completar,
97 sonrisas, multiplicadas en los rostros de familiares y amigos, de ayer, de hoy y siempre.
97, no es nº par ni sencillo para multiplicar, pero a mí me gusta, mucho,
me da fuerzas para seguir sumando fuerzas.
sábado, 21 de marzo de 2009
Ansiedad de tenerte en mis brazos.
Jamás resolveré esta ansiedad? Suponer que estás en alguna parte esperándome, aunque no sepas de mi existencia, pero yo sé que vos también sabés …
Los otros días, apenas una semana no más, vi tus manos, sí, apoyadas sobre un mostrador, en la panadería de la vuelta de casa, mirá vos qué cerquita. Un chico de unos veintitantos, bastante alto y flaco, lindo pibe, llevaba un anillo finito en el anular izquierdo pero no era de matrimonio, parecía hecho de cordón negro o algo así, sencillito. Fueron apenas unos minutos, pidió pan y unas facturas, pagó y se fue. Nunca lo había visto antes…
… pero esas manos, esas manos son las tuyas, qué duda cabe? Son las de tu padre también, y las del mío. Inconfundibles con sus dedos largos y delgados, nudillos redonditos pero no toscos, uñas chatas y cuadradas, algo rústicas, sin embargo son manos de artista, que revelan precisión y esmero, cariños y caricias.
Son tus manos m’hijo, soy tu abuela querido,
y te sigo buscando.
con cariño, a la ñieta recuperada nª 97
Jamás resolveré esta ansiedad? Suponer que estás en alguna parte esperándome, aunque no sepas de mi existencia, pero yo sé que vos también sabés …
Los otros días, apenas una semana no más, vi tus manos, sí, apoyadas sobre un mostrador, en la panadería de la vuelta de casa, mirá vos qué cerquita. Un chico de unos veintitantos, bastante alto y flaco, lindo pibe, llevaba un anillo finito en el anular izquierdo pero no era de matrimonio, parecía hecho de cordón negro o algo así, sencillito. Fueron apenas unos minutos, pidió pan y unas facturas, pagó y se fue. Nunca lo había visto antes…
… pero esas manos, esas manos son las tuyas, qué duda cabe? Son las de tu padre también, y las del mío. Inconfundibles con sus dedos largos y delgados, nudillos redonditos pero no toscos, uñas chatas y cuadradas, algo rústicas, sin embargo son manos de artista, que revelan precisión y esmero, cariños y caricias.
Son tus manos m’hijo, soy tu abuela querido,
y te sigo buscando.
con cariño, a la ñieta recuperada nª 97
domingo, 8 de marzo de 2009
Carretera
Bajo en picada, por una oscura carretera repleta de curvas, entro en la primer curva, sigo, acelero, agarro la segunda, acelero más aún, por fin una recta, y allí me detengo, delicadamente, sobre su cuello, salpicado de negros cabellos que huelen a pasto recién cortado, refrescante, y a la vez agreste.
Confundo el paisaje con su rostro, sombras aquí y allá, en los claros puedo ver su sonrisa reflejando soles dorados. Aumento la velocidad, y así, raudo, me acerco a su boca, un abismal pavor me invade. Imprescindible desviarme hacia sus ojos, espejos oscuros que jamás dejaron de acecharme. Decidí detenerme allí y mansamente contemplarla.
Una vez más mi desconcierto, árboles, espesura, verdes brillos de ojos negros, senda oscura de cabellos húmedos, ramas sin pájaros, aliento a pasto. Mi corazón late fuerte, aceleré en la curva, y perdí el rumbo.
Cautivado por su influjo, me arrojé ciego dentro de su boca. Los sonidos del bosque me devoraron.
Bajo en picada, por una oscura carretera repleta de curvas, entro en la primer curva, sigo, acelero, agarro la segunda, acelero más aún, por fin una recta, y allí me detengo, delicadamente, sobre su cuello, salpicado de negros cabellos que huelen a pasto recién cortado, refrescante, y a la vez agreste.
Confundo el paisaje con su rostro, sombras aquí y allá, en los claros puedo ver su sonrisa reflejando soles dorados. Aumento la velocidad, y así, raudo, me acerco a su boca, un abismal pavor me invade. Imprescindible desviarme hacia sus ojos, espejos oscuros que jamás dejaron de acecharme. Decidí detenerme allí y mansamente contemplarla.
Una vez más mi desconcierto, árboles, espesura, verdes brillos de ojos negros, senda oscura de cabellos húmedos, ramas sin pájaros, aliento a pasto. Mi corazón late fuerte, aceleré en la curva, y perdí el rumbo.
Cautivado por su influjo, me arrojé ciego dentro de su boca. Los sonidos del bosque me devoraron.
(sencillo homenaje a Baricco)
martes, 3 de marzo de 2009
ALGO HUELE MAL
Domingo de lluvia en Buenos Aires, 2 de la tarde.
En la sección “mundo” del diario leo: “ Las autoridades judiciales exhibieron el complejo recién pintado y renovado durante una gira para periodistas que incluyó un paseo por un cuarto de costura, por una sala de ejercicios, otra de computación, una biblioteca, áreas recreativas al aire libre, vivero, una peluquería y salones decorados con flores de plástico. En la cárcel – que ahora se llama Prisión Central de Bagdad – ya hay 400 reclusos, aunque su capacidad total es de 15.000 …”.
Leo ésto y me irrita, no sé muy bien por qué, pero algo está mal.
Qué me enoja? Estoy a miles de km, en un país muy diferente, sin guerras, pacífico sí, pero con otras contiendas que resolver: falta de trabajo, sistema de salud deficiente, desnutrición, mala educación, drogas letales a 5 pesos, trata de niñas, sobornos, jueces impunes, curas y sicólogos pedófilos, y más y más…
Por qué el rencor entonces, qué me jode más? la resurrección del campo de concentración en Bagdad? que lo hayan pintado de blanco inmaculado? tal vez que tenga computadoras y biblioteca que los chicos de mis escuelas no tienen? o sala de ejercicios, cuarto de costura (?), áreas recreativas, que lo asemejan a un club privado de zona norte?
No sé. Quizá lo que más me enoja sean sus flores de plástico.
Domingo de lluvia en Buenos Aires, 2 de la tarde.
En la sección “mundo” del diario leo: “ Las autoridades judiciales exhibieron el complejo recién pintado y renovado durante una gira para periodistas que incluyó un paseo por un cuarto de costura, por una sala de ejercicios, otra de computación, una biblioteca, áreas recreativas al aire libre, vivero, una peluquería y salones decorados con flores de plástico. En la cárcel – que ahora se llama Prisión Central de Bagdad – ya hay 400 reclusos, aunque su capacidad total es de 15.000 …”.
Leo ésto y me irrita, no sé muy bien por qué, pero algo está mal.
Qué me enoja? Estoy a miles de km, en un país muy diferente, sin guerras, pacífico sí, pero con otras contiendas que resolver: falta de trabajo, sistema de salud deficiente, desnutrición, mala educación, drogas letales a 5 pesos, trata de niñas, sobornos, jueces impunes, curas y sicólogos pedófilos, y más y más…
Por qué el rencor entonces, qué me jode más? la resurrección del campo de concentración en Bagdad? que lo hayan pintado de blanco inmaculado? tal vez que tenga computadoras y biblioteca que los chicos de mis escuelas no tienen? o sala de ejercicios, cuarto de costura (?), áreas recreativas, que lo asemejan a un club privado de zona norte?
No sé. Quizá lo que más me enoja sean sus flores de plástico.
PATIO TRASERO
Bajamos de la autopista y el semáforo nos obligó a detenernos justo en la esquina, donde comienza la avenida y acaban las últimas columnas de cemento.
Un sector de tierra seca y polvorienta, sin rastro de verde alguno, queda a la derecha de mi ventanilla. Una escena doméstica, diría, si no fuese que está a la vista de miles de transeúntes, como yo, como el hombre que está sentado a mi izquierda, como el chofer del bus en el que viajo, como la señora gorda cargada con bolsas que aprovecha el semáforo para cruzar sin aliento en diagonal sabiendo que corre el riesgo de ser aplastada contra el terraplén gris de cemento si justo en ese instante fatal bajara un auto a toda velocidad, a la vista de miles, como tantos y tantos otros que viajan en auto, buses, a pie, por la zona.
Una escena casi íntima. Un hombre joven, de apenas veintitantos, recostado sobre un trapo desparramado sobre el suelo polvoriento, que me recuerda, muy a lo lejos, un mantelito de picnic tan típico de las películas europeas de los años setenta, recostado -dije-, más bien encorvado -digo-, con su torso musculoso al desnudo, y un breve short azul de fútbol, del que brotan sendos muñones callosos y mugrientos, en reemplazo de piernas que habrán sido largas y fuertes, a juzgar por la contextura del muchacho. A su derecha, al alcance de su mano, una silla de ruedas de las baratas, ésas que presta la acción social, despintada, acostada de espaldas al piso, con sus ruedas chuecas mirando el cielo (allí reparo que es el modo que tiene este hombre de bajar de la silla sin ayuda de un prójimo). La imagen se detiene en mi retina e inmediatamente congela mi corazón. Como si estuviera frente a un espejo, me veo sentada confortablemente en mi minibus, con un chal en los hombros que amortigua apenas el frío polar del aire acondicionado, y un libro en mi regazo que se quedó allí, esperando ser leído, cuando distraje mi vista por la ventanilla.
La escena se puebla con un grupo de personas, una familia tal vez, a unos cuantos metros detrás del hombre sin piernas. En medio de unas maderas y cartones, como casita de naipes, distingo a una chiquita, de unos cinco o seis años, agachada, con la bombachita en las rodillas, mostrando al mundo su colita blanca, haciendo pis sin conocer aún el pudor, con la simpleza de lo cotidiano, despojado de toda moralidad. Nadie le ha dicho nunca a esta chiquita qué es correcto y que no, y si sólo se tratara de hacer pis bajo la autopista, dejando su tierna colita blanca a la vista de todo el que pasa por allí, si sólo de éso se tratara, sería un simple juego de niños.
El juego en este parque polvoriento continúa, de la mano de otra niña, una mujercita adolescente que bien podría ser la madre de la criatura que hace pipí, que se afana en desenredar con los dedos sus largos cabellos negros mojados, recién refrescados con agua de un tacho que está allí a su lado. Esta jovencita, en cambio, sí conoce el pudor y la coquetería, se sabe mirada con descaro por los automovilistas, apenas una mirada fugaz, un cambio de semáforo, pero sus ganas de sentirse fresca y bien peinada lo supera todo.
Cambia la luz, y el bus en el que viajo acelera para tomar la avenida, justo allí al doblar, la imagen de este baldío sucio se completa, como si se tratara del patio de atrás de una casita humilde, con otra escena doméstica, un hombre, con el pecho desnudo, pantalones de gimnasia arremangados, arrodillado y descalzo sobre la tierra seca y dura, se refriega las axilas, la cara, el cuello, sacude su cabello corto, bajo un chorro de agua vertido de un botellón plástico que una mujer, su compañera en la tarea, deja caer sobre él con delicadeza… los pierdo por detrás de la curva.
Imagino que el ritual continuará con otros tantos, tal vez ocultos por las grandes columnas de hormigón de la autopista, que irán apareciendo como insectos de ciudad, enloquecidos por el calor del asfalto, buscando sombras donde descansar, para continuar luego su andar entre soles, bocinas y frenadas, a cambio de un puñado de monedas, que ya no hay, que hoy cotizan como diamantes en el mercado de Amsterdam.
Tarde de verano porteño que adormece los cerebros, que transforma en pesada maquinaria a brazos y piernas, como topadoras que sudan levantando polvo, cuerpos que sólo buscan un rincón fresco donde soportar la tarde hasta que caiga.
Destellos de vidrios me enceguecen, haces plateados que refractan en espejitos retrovisores atraviesan el aire como agujas, se clavan en las miradas de los transeúntes provocando conmoción, violencia que dura segundos, hasta cambiar de ángulo y protegerse del impiadoso sol.
Bajamos de la autopista y el semáforo nos obligó a detenernos justo en la esquina, donde comienza la avenida y acaban las últimas columnas de cemento.
Un sector de tierra seca y polvorienta, sin rastro de verde alguno, queda a la derecha de mi ventanilla. Una escena doméstica, diría, si no fuese que está a la vista de miles de transeúntes, como yo, como el hombre que está sentado a mi izquierda, como el chofer del bus en el que viajo, como la señora gorda cargada con bolsas que aprovecha el semáforo para cruzar sin aliento en diagonal sabiendo que corre el riesgo de ser aplastada contra el terraplén gris de cemento si justo en ese instante fatal bajara un auto a toda velocidad, a la vista de miles, como tantos y tantos otros que viajan en auto, buses, a pie, por la zona.
Una escena casi íntima. Un hombre joven, de apenas veintitantos, recostado sobre un trapo desparramado sobre el suelo polvoriento, que me recuerda, muy a lo lejos, un mantelito de picnic tan típico de las películas europeas de los años setenta, recostado -dije-, más bien encorvado -digo-, con su torso musculoso al desnudo, y un breve short azul de fútbol, del que brotan sendos muñones callosos y mugrientos, en reemplazo de piernas que habrán sido largas y fuertes, a juzgar por la contextura del muchacho. A su derecha, al alcance de su mano, una silla de ruedas de las baratas, ésas que presta la acción social, despintada, acostada de espaldas al piso, con sus ruedas chuecas mirando el cielo (allí reparo que es el modo que tiene este hombre de bajar de la silla sin ayuda de un prójimo). La imagen se detiene en mi retina e inmediatamente congela mi corazón. Como si estuviera frente a un espejo, me veo sentada confortablemente en mi minibus, con un chal en los hombros que amortigua apenas el frío polar del aire acondicionado, y un libro en mi regazo que se quedó allí, esperando ser leído, cuando distraje mi vista por la ventanilla.
La escena se puebla con un grupo de personas, una familia tal vez, a unos cuantos metros detrás del hombre sin piernas. En medio de unas maderas y cartones, como casita de naipes, distingo a una chiquita, de unos cinco o seis años, agachada, con la bombachita en las rodillas, mostrando al mundo su colita blanca, haciendo pis sin conocer aún el pudor, con la simpleza de lo cotidiano, despojado de toda moralidad. Nadie le ha dicho nunca a esta chiquita qué es correcto y que no, y si sólo se tratara de hacer pis bajo la autopista, dejando su tierna colita blanca a la vista de todo el que pasa por allí, si sólo de éso se tratara, sería un simple juego de niños.
El juego en este parque polvoriento continúa, de la mano de otra niña, una mujercita adolescente que bien podría ser la madre de la criatura que hace pipí, que se afana en desenredar con los dedos sus largos cabellos negros mojados, recién refrescados con agua de un tacho que está allí a su lado. Esta jovencita, en cambio, sí conoce el pudor y la coquetería, se sabe mirada con descaro por los automovilistas, apenas una mirada fugaz, un cambio de semáforo, pero sus ganas de sentirse fresca y bien peinada lo supera todo.
Cambia la luz, y el bus en el que viajo acelera para tomar la avenida, justo allí al doblar, la imagen de este baldío sucio se completa, como si se tratara del patio de atrás de una casita humilde, con otra escena doméstica, un hombre, con el pecho desnudo, pantalones de gimnasia arremangados, arrodillado y descalzo sobre la tierra seca y dura, se refriega las axilas, la cara, el cuello, sacude su cabello corto, bajo un chorro de agua vertido de un botellón plástico que una mujer, su compañera en la tarea, deja caer sobre él con delicadeza… los pierdo por detrás de la curva.
Imagino que el ritual continuará con otros tantos, tal vez ocultos por las grandes columnas de hormigón de la autopista, que irán apareciendo como insectos de ciudad, enloquecidos por el calor del asfalto, buscando sombras donde descansar, para continuar luego su andar entre soles, bocinas y frenadas, a cambio de un puñado de monedas, que ya no hay, que hoy cotizan como diamantes en el mercado de Amsterdam.
Tarde de verano porteño que adormece los cerebros, que transforma en pesada maquinaria a brazos y piernas, como topadoras que sudan levantando polvo, cuerpos que sólo buscan un rincón fresco donde soportar la tarde hasta que caiga.
Destellos de vidrios me enceguecen, haces plateados que refractan en espejitos retrovisores atraviesan el aire como agujas, se clavan en las miradas de los transeúntes provocando conmoción, violencia que dura segundos, hasta cambiar de ángulo y protegerse del impiadoso sol.
martes, 10 de febrero de 2009
Al entrar la noche
Veo su imagen delicada, sutil. Una bella garza rosada, de patas larguísimas y cuello frágil, vino hacia mí con su andar liviano, jovial.
Con absoluta confianza, sin más, se apoyó sobre mi hombro, en una sola de sus patas, sus finos dedos sobre mi hombro, y comenzó a jugar con su agudo pico, hurgando en mis cabellos, en mi nuca.
Al comienzo fue suave, luego, algo sucedió. Picoteaba y picoteaba, perdiendo el ritmo, haciéndose cada vez más insidioso, doloroso, profundo. Lacerando mi carne hasta sangrarla, de un rojo intenso, corriendo por mi cuello, cuello frágil, por mis piernas, débiles tambaleantes.
Siguió allí, picoteando con fuerza, más y más, posada sobre mi hombro ya tieso, clavando su fino pico en mi carne…
… desangrándome estoy, trastabillando sin compasión, de mí, de élla, de nadie.
Mis rodillas tocan el suelo, caigo sobre la tierra húmeda de sangre, mi propia sangre, que se funde en el barro espeso, coloreándolo, tiñiéndolo de rosa garza, intenso rosa brillante de sangre fresca que se torna oscura en contacto con el barro, húmedo, a mis pies.
De repente, deja de picotear, respondiendo un mandato silencioso, ancestral, extiende sus livianas alas, trémula, y se larga a volar. La veo irse, alejándose con gracia, con la misma elegancia con la que se posó en mí, ahora, me abandona allí, tumbado, sangrante en un barro frío de una noche sin tiempo.
Lloro por ti, mi bella garza.
Veo su imagen delicada, sutil. Una bella garza rosada, de patas larguísimas y cuello frágil, vino hacia mí con su andar liviano, jovial.
Con absoluta confianza, sin más, se apoyó sobre mi hombro, en una sola de sus patas, sus finos dedos sobre mi hombro, y comenzó a jugar con su agudo pico, hurgando en mis cabellos, en mi nuca.
Al comienzo fue suave, luego, algo sucedió. Picoteaba y picoteaba, perdiendo el ritmo, haciéndose cada vez más insidioso, doloroso, profundo. Lacerando mi carne hasta sangrarla, de un rojo intenso, corriendo por mi cuello, cuello frágil, por mis piernas, débiles tambaleantes.
Siguió allí, picoteando con fuerza, más y más, posada sobre mi hombro ya tieso, clavando su fino pico en mi carne…
… desangrándome estoy, trastabillando sin compasión, de mí, de élla, de nadie.
Mis rodillas tocan el suelo, caigo sobre la tierra húmeda de sangre, mi propia sangre, que se funde en el barro espeso, coloreándolo, tiñiéndolo de rosa garza, intenso rosa brillante de sangre fresca que se torna oscura en contacto con el barro, húmedo, a mis pies.
De repente, deja de picotear, respondiendo un mandato silencioso, ancestral, extiende sus livianas alas, trémula, y se larga a volar. La veo irse, alejándose con gracia, con la misma elegancia con la que se posó en mí, ahora, me abandona allí, tumbado, sangrante en un barro frío de una noche sin tiempo.
Lloro por ti, mi bella garza.
miércoles, 14 de enero de 2009
31 de diciembre de 2008
Año nuevo
Todo es tan efímero. La felicidad, la más que todas.
Todas ellas, femenino plural, ellas qué? las maravillas del mundo? esfumándose entre las patas de un mosquito pesado ya de tanto chupar sangre y chupar.
Hacer algo importante hoy porque es el último día del año… un año que se escapó silencioso. Por qué festejarlo? Qué hay de bueno en él que tenga sentido recordar en una noche cualquiera como la de hoy?
Año, medida de tiempo, convención hueca. Un año de qué? desequilibrado como una prostituta enamorada, buscando refugio donde sólo debiera encontrar sustento material.
Vida perra. Puta vieja que no tiene con quién coger, esperando un príncipe verde, verde humo de tanto esperar. Como en los buenos cuentos, élla no lo reconoció, aquel día, aquella vez cuando él se le apareció, la llamó por su nombre y la sacó a bailar… aquél sí que fue un buen año.
O fue un buen sueño?
Año nuevo
Todo es tan efímero. La felicidad, la más que todas.
Todas ellas, femenino plural, ellas qué? las maravillas del mundo? esfumándose entre las patas de un mosquito pesado ya de tanto chupar sangre y chupar.
Hacer algo importante hoy porque es el último día del año… un año que se escapó silencioso. Por qué festejarlo? Qué hay de bueno en él que tenga sentido recordar en una noche cualquiera como la de hoy?
Año, medida de tiempo, convención hueca. Un año de qué? desequilibrado como una prostituta enamorada, buscando refugio donde sólo debiera encontrar sustento material.
Vida perra. Puta vieja que no tiene con quién coger, esperando un príncipe verde, verde humo de tanto esperar. Como en los buenos cuentos, élla no lo reconoció, aquel día, aquella vez cuando él se le apareció, la llamó por su nombre y la sacó a bailar… aquél sí que fue un buen año.
O fue un buen sueño?
domingo, 28 de diciembre de 2008
lunes, 8 de diciembre de 2008
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